El día que me pidió que me dejara querer una sonrisa de indiferencia se dibujo en mi cara. Me negaba a admitir que me había calado hondo. En cierto modo, no podría robarme el corazón si no sabia que ya era suyo, o eso era lo que quería pensar. Me limitaba a fingir que nada importaba y me cubrí con una coraza, de las de verdad, de las de dentro.
Mientras tanto, en la superficie, la tempestad se reprimía, planeando a la perfección en que momento desatar toda su furia. El invierno más cálido en los últimos años transcurría a una velocidad de infarto y, a su paso, se llevaba cada intento por demostrarle mi cariño un poco más. Cada te quiero se quedaba corto para él y amenazó al tiempo para robarme unos cuantos minutos de ese amor tan mio.