Siempre fue de las que soñaba con moteles de carretera y luces de neón.
Quería historias de alcohol, drogas y sexo. Quemar las noches al volante de un coche antiguo y perderse en algún punto de una carretera secundaria.
Suspiraba por matones de barrio con chupa de cuero y motos trucadas.
Aspiraba a ser una de esas mujeres que al final de su vida, seguramente breve, podía permitirse el lujo de decir que, realmente, había vivido la vida.
Estaba harta de vidas programadas, monótonas y aburridas. Atascos, dinero, negocios. Prisas, estrés y sueños pisoteados.
En realidad, siempre quiso vivir aventuras que le desgarraran el alma, que le destrozaran la vida, por el único y simple hecho de tener algo que contar.
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