Aquí estoy una vez más frente a esta pantalla que tantas veces nos ha separado y ha sostenido mis impulsos en contra de la voluntad de mis ganas más sinceras. Te escribo una vez más para decirte todas esas cosas que quizás nunca merecieses. Te escribo para decirte lo que nunca tendré cojones a contarte. Te escribo sobre mis miedos, que tanto me recriminaste, y sobre esas cosas que, aun sabiendo que me ponen mala, seguirás haciendo. Te escribo por si me encuentras, algún día, como nos encontramos la primera vez, como quien dice, por casualidad. Te escribo por si me lees y entiendes de una maldita vez porque te quise de la manera en la que te quise y no de otra. Te escribo porque eres de las pocas cosas de las que se escribir. Te escribo para decirte, no para pedirte.
Te escribo porque me acojona pensar en esas veces en las que hasta el silencio más profundo de la noche guarde una triste melodía en sus entrañas y tú ya no estés para hacer que todo calle de una puta vez. Te escribo porque me entristece no poder sonreír al pensar que eres mio, aunque nunca lo admitiese. Te escribo porque se me encoge el estómago al ver como cada día tu silencio te aleja un poco más de mí y acrecienta esa distancia caprichosa que siempre nos quiso separar. Te escribo porque no consigo entender como puedes quemar mis recuerdos tan rápido como se consume ese cigarrillo de las noches en tu ventana.
Te escribo porque me abruma el saber que nada de lo que pudo haber pasado volverá a poder pasar, tú ya me entiendes. Te escribo para rememorar todos esos días que duro lo que nunca pasó.
Te escribo para olvidarte, aunque los dos sepamos que, en realidad, no quiero hacerlo.
...Porque a la vuelta de la esquina, como una puta me espera.
Me declaro culpable de este infierno que se ha desatado entre mis escusas y tus 'te quiero's a otros oídos que no eran los míos. Asumo todos y cada uno de lo errores premeditados que me dediqué a planear. Admito que me aferré al hecho de ser tuya por encima de todo -pero, compréndelo, después de escucharlo tantas veces una acaba creyéndoselo.
Pero ya está, hasta aquí ha llegado el amor del que tanto tiramos. Eres libre -si tu quieres- de toda esta carga que fuimos perdiendo por el camino. Y es que estaba claro que tanto parche y recosido no aguantaría el peso de tanto cariño mal usado.
Vete, que yo me iré también. Que no soporto más el respirar solo si tu me dejas. Que las palabras se atragantan en mi garganta y ya no soy capaz ni de escribir. Y que me queda si no es esto para sacar toda la rabia que el dolor me deja?
Vete, adelante. Pero si te vas hazlo del todo. Cada vez que cierro los ojos vuelves y contigo arrastras todo el miedo que me causa el ver como todo se derrumba y yo no tengo manos para sujetarlo.
Pero tal vez de eso se trate, de dejar que todo se destruya y de reconstruir sobre las ruinas. Tal vez la mejor opción sea prenderle fuego a todo y disfrutar viéndolo arder.
El día que me pidió que me dejara querer una sonrisa de indiferencia se dibujo en mi cara. Me negaba a admitir que me había calado hondo. En cierto modo, no podría robarme el corazón si no sabia que ya era suyo, o eso era lo que quería pensar. Me limitaba a fingir que nada importaba y me cubrí con una coraza, de las de verdad, de las de dentro.
Mientras tanto, en la superficie, la tempestad se reprimía, planeando a la perfección en que momento desatar toda su furia. El invierno más cálido en los últimos años transcurría a una velocidad de infarto y, a su paso, se llevaba cada intento por demostrarle mi cariño un poco más. Cada te quiero se quedaba corto para él y amenazó al tiempo para robarme unos cuantos minutos de ese amor tan mio.
Siempre fue de las que soñaba con moteles de carretera y luces de neón.
Quería historias de alcohol, drogas y sexo. Quemar las noches al volante de un coche antiguo y perderse en algún punto de una carretera secundaria.
Suspiraba por matones de barrio con chupa de cuero y motos trucadas.
Aspiraba a ser una de esas mujeres que al final de su vida, seguramente breve, podía permitirse el lujo de decir que, realmente, había vivido la vida.
Estaba harta de vidas programadas, monótonas y aburridas. Atascos, dinero, negocios. Prisas, estrés y sueños pisoteados.
En realidad, siempre quiso vivir aventuras que le desgarraran el alma, que le destrozaran la vida, por el único y simple hecho de tener algo que contar.